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Aug 25 2007

Esperando al Creador…

Published by zanazibar under Shonen, Uncategorized

“Caro mi è il sonno, e più l’esser di sasso

Mentre che il danno e la vergogna dura:

Non veder, non sentir,  m’è gran ventura:

Però non mi destar: deh, parla basso.”

-Miguel Ángel Buonarroti

 

La reinvención de la enajenación: notas en cuanto a la reinvención del

Esperando a Godot en Ergo Proxy

 

            La paciencia es una virtud, o por lo menos eso dicen.   Es algo que intentan inculcarnos desde las más jóvenes edades, generalmente con poco éxito; nuestro mundo está construido de tal forma que es imposible que la persona promedio no se impaciente de vez en cuando.  Tal vez por eso nos asombra la callada paciencia que exhiben los personajes principales, Vladimir y Estragón, en la famosa obra de teatro del irlandés Samuel Beckett, Esperando a Godot.  Esta obra, como bien lo apuntó Croal en su The Coming of Godot: “Bajo todos los criterios preestablecidos, [Esperando a Godot] es un vacío dramático: no tiene trama, ni clímax, ni principio, ni medio, ni final; francamente, se burla de todo aquello que reconocemos como “teatro”, llega como si llegase sin maletas, sin pasaporte, sin nada que decir; y sin embargo logra llegar a uno, como tal vez lo haría un peregrino de Marte.” (Citado Cohn 18).   De hecho, la obra tuvo muchas críticas no muy alentadoras, y a eso se le suma los constantes debates entre Beckett y los directores de las diversas versiones de sus obras.  Sobre esto comenta Gontarski que “Beckett mismo asumió una posición exigente durante su vida, modulando todo lo relativo a la producción.” Y volviendo a la obra, se trata de estos dos hombres, Vladimir y Estragón, que esperan pacientemente por la llegada de Godot, una misteriosa figura de la cual no sabemos nada salvo el nombre (y que tiene una “barba blanca” y “no hace nada”, en el segundo acto).  Los hombres intentan animar su espera y “matar tiempo” con todo tipo de divagaciones y pensamientos.  A éstos se les suman Lucky y Pozzo, dos personajes andantes, que vienen y van en la obra.  Ayudan a Vladimir y a Estragón a pasar el tiempo, y nos ayudan a nosotros, los espectadores de la obra, a mejor comprenderla; si bien comprenderla del todo, le es posible sólo a Beckett, y hasta eso se puede poner en duda; según Alan Schneider “Le pregunté [a Beckett] “¿A quién o qué representa Godot?” y la respuesta fue inmediata: “Si yo lo supiera, lo hubiese puesto en la obra.” ” (Citado Cohn 57).  Sin embargo, sí podemos aventurarnos a encontrar el mensaje, fragmentado y  disperso, que tiene la obra.  Un tema principal parece ser el tiempo.  La espera por Godot es solo una de las varias referencias a esto; la maleta que lleva Lucky, que está llena de arena, puede ser otra.  Otro tema principal es la condición humana;  choca mucho al espectador que Vladimir y Estragón siempre hablan de moverse y nunca lo hacen, ni siquiera según baja el telón, ni siquiera tras todos los desplantes que les ha hecho el enigmático Godot.  Cómo sus conversaciones pasan de lo más mundano a las divagaciones más profundas también impresiona.  No porque se tenga la idea de que los personajes son tontos (pues Vladimir dice: “Debieras haber sido poeta”, a lo que Estragón contesta: “Lo he sido.  ¿No se nota?”) sino por la sutil transición con la cual sucede.  Uno de lo momentos más intensos en lo que parece una obra sin eventualidad es cuando Vladimir plantea: “El aire está lleno de gritos.  Pero la costumbre ensordece.”.  He aquí lo que considero el tema principal: la enajenación en la cual viven todos los personajes de la obra, que puede ser más o menos obvia, cobra gran peso; empezamos a ver con más atención las súbitas degeneraciones físicas de Lucky y Pozzo, que tan repentinamente sucedieron.  Nos fijamos mejor en lo que dice Pozzo: “Los ciegos no tenemos noción del tiempo.”.  Pero, ¿Hasta qué punto estamos todos ciegos? Este será un punto muy importante cuando se estudie la reinvención de la obra, en manos de Dai Sato.

Es interesante notar el gran y duradero impacto que ha tenido esta obra en el mundo literario, en el filosófico, y hasta en la cultura pop: ha puesto en evidencia las dudas más básicas del ser humano; por eso Vladimir, Estragón y el famoso Godot (quien algunos ven como un Dios, o un “Creador”) aparecen una y otra vez en los más alejados medios y en las maneras más dispares.  Una de las más interesantes es su reinvención en una serie llamada Ergo Proxy, que consta de 23 episodios de ciencia ficción, suspenso y filosofía.  En la obra como tal, Real Mayer (pronunciado “Rial” en la versión en inglés y Riru en la versión japonesa) es enviada a investigar un virus llamado “Cogito”, el cual le da a las máquinas y los robots consciencia y libre albedrío.  Según el tiempo transcurre, la trama cambia drásticamente, y la búsqueda detrás de los secretos que guarda el Estado de Romdeau y qué son unos extraños seres llamados “Proxies”, domina la escena.  Esto resulta un resumen muy corto, como para dar siquiera indicios de  todo lo que sucede en esta serie.  Sin embargo, nuestro interés se enfoca ahora en el episodio 19, “[La] Sonrisa Eterna”.  En dicho episodio, Pino, una androide en forma de una niña que ha sido infectada con el Cogito, despierta en lo que vendría siendo una gran zafacón, que luego aprendemos es el sitio donde desechan las atracciones viejas y desfavorecidas.  Allí, encuentra a dos de tales personajes, Hanapeko y Pure, quienes tienen una semejanza tanto física como mental a Vladimir y a Estragón: la apariencia descuidada, el estado medio desorientado, las conversaciones que llevan a poco o nada (de primera instancia, por lo menos), el lugar donde se encuentran (el zafacón donde están Hanapeko y Pure es una forma de traducir muy literalmente el escenario que sugiere Beckett) y la constante espera: éstos dos esperan, en su forma, a Godot; esperan a su creador, Will B. Goodman.  Han sido desechados, ya que la atracción en la cual trabajaban fue cerrada, y esperan poder hablar con Goodman; desean salvarse (igual que Vladimir y Estragón) y Goodman es el único que puede convertirlos en clientes, en personas “de verdad”, para que su existencia tenga sentido.  Cabe aclarar que Goodman  es también una referencia a Walt Disney y su mundo; aprendemos que se trata de una ciudad construida a semejanza de un gran parque de diversiones, diseñado con la única idea de mantener a la gente sonriendo por siempre: dice Goodman que “cualquier tonto puede darle [a alguien] una sonrisa momentánea. Pero lo que es verdaderamente difícil es mantener a alguien sonriendo por siempre, sin parar.”  Mencioné anteriormente la enajenación como tema de gran peso en Esperando a Godot; y en verdad lo es; la obra y todos sus elementos (la trama, los personajes, la ubicación misma) nos crean un sentimiento de enajenación; la enajenación de nosotros hacia los personajes, la enajenación de los personajes hacia su propia realidad, y la enajenación tiene, como mayor exponente, al mismo Godot.  En este episodio particular de Ergo Proxy (y también en la serie en sí) este tema tiene igual peso.  Siempre nos quedamos con la duda de qué sería lo que diría o haría Godot si acaso apareciese.  Goodman, nuestro “Godot”,  sacia en esta versión nuestra curiosidad, y relata que “[…] para crear la sonrisa perfecta, una gran cantidad de control debe ser empleada.  Para hacer eso, creé este lugar; para proteger esa sonrisa perfecta, que puede salvar el mundo.  Para que por lo menos algunos puedan llegar a vivir felices hasta el final de los tiempos, sin temerle al terror que les espera.  Desde el momento que nacen hasta su muerte, aquí juegan.  Y así, se mueven hacia el final del mundo, felices, sin siquiera saberlo.”  Goodman construyó un mundo cuyo primer y único propósito es enajenar a sus habitantes.  De una forma y otra, ambos “Godots” hacen lo mismo: enajenar.  Uno, por iniciativa propia y el otro, por su ausencia. 

Siempre nos quedamos con la duda de cómo sería Godot.  Hasta cierto punto Goodman es compatible con la imagen muy vaga que tenemos del Godot: es el creador, alrededor del cual giran las vidas de los otros personajes, y es el agente enajenador; sin embargo, Dai Sato le añade un aspecto muy interesante a la trama: este Godot espera, a su vez, a otra persona, en la cual residen todas sus esperanzas y su existencia.  La espera con ansias locas; aunque sería más correcto decir que espera nunca llegue.  Este otro personaje tiene nombre y una identidad: se llama Vincent Law, mejor conocido como Ergo Proxy, y es el encargado de destruir a los otros proxies.  Es el que muchos esperan sin tregua, y a veces sin darse cuenta.  Pero no puede considerársele como un Godot, y complicar las cosas creando una sucesión de esperas; pues Vincent, el Proxy de la Muerte, y lo que por tanto ejemplifica,  es lo único certero en esta vida.  En el segundo acto, Pozzo pierde su compostura y grita “[…] Dan a luz a caballo sobre una tumba, el día brilla por un instante, y, después, de nuevo la noche.”.  Aquí la noche se refiere a la muerte, la cual es un tema recurrente en la obra de Beckett.  Vladimir y Estragón contemplan esta salida de acaso no llegar Godot; saben, al igual que Hanapeko, que Pure y que el mismo Goodman,  que es la puerta que siempre termina abriéndose, que se puede postergar pero no evitar, y que, mientras la esperamos toda una vida, jamás nos deja esperando.

Vladimir se pregunta muchas cosas: “¿Habré dormido mientras los demás sufrían? ¿Acaso duermo en este instante? […] A mí también, otro me mira, diciéndose: Duerme, no sabe, que duerme”.  Irónicamente, en la versión de Dai Sato, estas preguntas se contestan: Hanapeko, Pure, y todos los demás habitantes de “Smile Land” viven soñando, riendo, sin saber ni del sufrimiento fuera de los confines de esa ciudad, ni del que les espera a la puerta.  La importancia de Goodman, del Godot de Sato, radica precisamente en ser el único que conoce esta verdad.  Intenta disuadir la llegada de Vincent, de Ergo Proxy, y logra convencer a Pino a que ésta a su vez convenza a Vincent de no acercarse a la ciudad.  Ha logrado, por el momento, alejar a la muerte y continuar con sus falsas sonrisas, con su total enajenamiento y su engaño.  Dijo Nietzsche en su libro Más allá del bien y del mal que “Aun suponiendo que anhelamos la verdad, ¿no será más bien la no verdad, la incertidumbre e incluso la ignorancia lo que deseamos?”.   Si  reflexionamos sobre Vladimir, Estragón, Lucky, Pozzo, Hanapeko, Pure, y Will B. Goodman, veremos que es lo que desean: en los primeros, la felicidad de la incertidumbre, ante el peor de los casos; ese rayito de esperanza que a nadie, por compasión, se le niega.  Los segundos, se alegorizan, privándose de sentidos, para escapar sus atenuantes realidades; los terceros, anhelan vivir en una burbuja de felicidad, donde los horrores y las perversiones no lleguen jamás a quitarle su sonrisa sin saber, por supuesto, que conocer esos horrores y estar libres de ellos es lo que nos hace dar la sonrisa más amplia y honesta.  Lo que Beckett y Sato dejaron en el aire, es hasta qué punto somos todos Estragones, Pozzos o “Goodmen”

 

 

 

 

 

Lista de textos consultados y citados:

 

Beckett, Samuel.  Esperando a Godot.  Barral Editores, 1970.
 

Cohn, Ruby.  Casebook on Waiting for Godot.  Grove Press, 1967.
 

“Eternal Smile”.  Ergo Proxy.  Writ. Dai Sato et al.  Dir. Shukou Murase.  WOWOW network.
 

Gontarski, S. E.  “Reinventando a Beckett”.  Modern Drama, 49.4. 428-451

 

Nietzsche, Friedrich.  Más Allá del Bien y del Mal. Trad. Francisco Javier Carretero  

Moreno.  Madrid: Edimat Libros, S.A.

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